A veces se espera que quien acompaña no tropiece, que tenga todas las respuestas o que viva en un estado de calma permanente. Pero resulta que no: también se desvela, se preocupa, se atora y duda. Quizá la diferencia no está en no caer, sino en saber conversar desde el hoyo.
Cuando alguien llega a consulta y ve enfrente a un terapeuta, suele imaginar que está frente a alguien que lo tiene todo “resuelto”. No ayuda que muchas veces nosotros mismos —sin querer— alimentemos ese mito con frases medidas, tono ecuánime y ese aire de “yo ya pasé por ahí y sobreviví para contarlo”.
Pero fuera del consultorio también hay quien se levanta sin ganas, quien posterga, quien se siente fuera de lugar o repite errores sabiendo que lo está haciendo. Y justo ahí, en ese reconocimiento, es donde la figura del terapeuta se vuelve más humana y, por tanto, más útil. Porque no hay una distancia real entre quien acompaña y quien consulta: hay diálogo.


El falso mito del equilibrio perpetuo
A un cardiólogo también le puede dar un infarto. Y a un terapeuta también le puede dar ansiedad, tristeza o miedo. El conocimiento no vacuna contra la experiencia. Pensarlo así no devalúa la profesión: la aterriza. Nos recuerda que acompañar a alguien no exige estar impecable, sino disponible. Pretender un equilibrio constante solo genera distancia: el consultante percibe a una figura casi inalcanzable, y el terapeuta termina agotado intentando sostener un personaje. En cambio, aceptar la imperfección abre un espacio más real, donde ambas partes pueden explorar sin vergüenza ni pretensión.
Conversar, no corregir
La relación terapéutica no trata de “arreglar” al otro, sino de conversar con lo que el otro ya sabe, aunque no lo haya dicho todavía. El terapeuta puede ser experto en teorías, sí; pero quien consulta es experto en su vida. Si eso se olvida, la sesión se vuelve un monólogo. Lo interesante ocurre cuando ambos ponen algo en juego: uno ofrece su mirada, el otro su historia. Y entre los dos arman algo que no estaba antes. Esa co-creación es lo que da sentido, no la idea de que uno enseña y el otro aprende.
Así que sí: a veces el terapeuta también se atora. La diferencia es que ha aprendido a no esconderlo del todo, a mirarlo con curiosidad y a usarlo como punto de encuentro. Quizá eso —y no el equilibrio perfecto— sea lo que realmente sostiene una terapia.
Aceptar la imperfección abre un espacio más real, donde ambas partes pueden explorar sin vergüenza ni pretensión.
Terapeuta con más de una década de experiencia en acompañar procesos de cambio personal y relacional. En cada sesión, busca ofrecer claridad, perspectiva y un espacio donde cada historia pueda contarse sin juicios.



